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«Presentar la pintura de Juan Berenguel, es hablar ineludiblemente sin tópicos y con fundamento «in re», de: seriedad, seguridad, sencillez, hondura, honradez, y hombría.
Todo ello basado en el saber hacer, de alta escuela, en una inteligencia clara y en el trabajo limpio.

Trabajo, que es valor robado a cada día, seguridad del que sabe y puede, sencillez en la resolución de espacios indomables; profundidad de temas, de pensador maduro,
honradez que aún subsiste en el apretón de manos, no en contratos o títulos.

Es sobriedad y austeridad de líneas, sin concesiones a la galería, y es hombría porque se siente al hombre dentro de cada cuadro, en él y sobre él, dominándolo en pleno.
Es lo humano que crea, que padece o que goza en la estructura presente. Es ésta una pintura interior, de interiores, de dentro afuera, desde los bodegones pulcramente compuestos, a la naturaleza, cada objeto, cada forma ha sido tamizada por la luz interior que habita en el artista.
Lo cotidiano vivo entre cuatro paredes, en la mesa, en el suelo, en el tálamo cierto, sobado, cotidiano, -monotonía de ser en estructura­ en espacios y tiempos consabidos, compartidos y estudiados meticulosamente; pero hay una ventana.

Infancia estructurada, el padre vigilante, los juegos programados, la habitación cerrada, y los niños, peones de un juego de ajedrez, y la niña muñeca de cartón en el ángulo muerto, -objeto en estructura-, pero hay una ventana.
Y la vejez, espera de la nada que se presiente cerca, tristeza, desencanto y hastío de las masas; y el tiempo detenido en los cuerpos que esperan, resignados, olvidados e inútiles,
desesperanzadamente iy no hay una ventana!…

Lo eterno femenino, inalcanzable, incierto y sin embargo cerca, en el ensueño o en la mano amante, real o trascendente, enérgica, atractiva y anhelante de la totalidad por lo inmediato.
Deseo de la carne y de su trascendencia, goce de inmediatez y goce de absoluto. Y hay una línea blanca, difícil de pasar.»

 

Antonio Merino